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¡Mujer tenías que ser!

Conduzco despreocupada. Ventanilla bajada y brazo apoyado en el marco, mientras Rozalén cruza una puerta violeta en la emisora de radio que sintonizo habitualmente.

Repaso mentalmente la lista de tareas pendientes que tengo para esa semana y, como estoy llegando a mi destino, voy buscando un sitio para aparcar.

Está difícil. Entre las obras, los vados y la alarmante sobredimensión de vehículos en las ciudades, la cosa pinta mal.

Doy un par de vueltas y por fin, a lo lejos, diviso el intermitente tintineante de un vehículo, anunciando su salida.

  —¡De P.M! —digo en voz alta sin poder evitar un ronroneo de gustito en el estómago. 

  «¡Pobres mortales! ¡Lo fácil qué es hacerles felices a veces!»  —debe pensar desde las alturas ese Dios/ Universo/ Gran Poder/ Lo Que Sea, que mueve los planetas.

Reduzco la velocidad y me paso al carril izquierdo, a la vez que acciono la palanca de mi intermitente, anunciando la  maniobra.

El otro vehículo sale por fin, dejando a la vista una flamante plaza de aparcamiento, toda, todita para mí. Me pego más a la fila y rebaso el hueco para colocarme. Justo cuando emprendo la marcha atrás, un pitazo me saca de mi mundo de nubes, gominolas y arcoíris.

Miro por el retrovisor y un señor muy mal encarado me hace señales y aspavientos desde su coche, intentando meter el morro en el hueco.

  —¿Cómoooooo? ¡Ah, no! ¡Ni hablar! ¡Aparte, hombre! —contesto sacando la cabeza por la ventanilla— ¡Ahí aparco yo! 

Después de un par de minutos de tira y afloja, en los que yo no me muevo ni un milímetro, el hombre retrocede de mala gana, escupiendo una serie de improperios inconexos. En una maniobra perfecta, aparco mi coche y el personaje, se coloca a mi altura con un sonoro frenazo, soltándome: 

   —¡¡Mujer tenías que ser!! 

Acto seguido, acelera haciendo chirriar las ruedas en un claro intento, y digo, intento, por demostrar su poderío de “Macho Alfa”.

De repente, me vienen a la cabeza todas las mujeres, desde nuestras tatarabuelas, bisabuelas, abuelas, madres, hermanas… que han tenido y que tienen que soportar esa enorme presión diaria de “ser mujeres”.

Carga. Doble carga y doble presión.

Por trabajar fuera de casa y dentro, sin un reconocimiento. Por sacar adelante a sus hijas e hijos, solas muchas veces. Simplemente, porque es su deber. Cuidar sin rechistar. Es nuestro papel y lo que se espera de nosotras. Repaso también la lista de San Benitos y prejuicios con los que cargamos, que lastran nuestra sociedad ninguneándonos y haciéndonos invisibles.

*Si tenemos la regla se corta la mayonesa. Check

*Nosotras limpiamos mejor. Check 

*También cuidamos mejor, es genético. Check

*Conducimos fatal. Check

*Por supuesto, no sabemos aparcar. Check

y un largo etc de creencias, (algunas mucho más heavys), sobre lo que es ser una mujer.

    «Joderrrrr….»

Absorta en estos pensamientos camino, cuando me percato de que el cruce entre Homo NeanderthalensisCromañón, acaba de aparcar su troncomóvil a unos metros.

    —¡Bah! No merece la pena, déjale. —Murmuro.

Un aguijonazo me sacude. No. No voy a dejarle. No voy a pasar de él. No quiero. No quiero, por mí. No quiero, por ti. No quiero, por ellas. No quiero, por nosotras.

Golpeo el cristal de su ventanilla con los nudillos.

Gira la cabeza, enarcando las cejas con sorpresa.

    —Oye, ¿sabes qué? Pues sí. ¡Mujer tenía que ser! ¡Una mujer como la madre que te parió y como la que te limpió los mocos cuando eras un bebé!  

Curioso. Ni rastro de la incontinencia verbal de la que hacía gala unos minutos antes.

Me enderezo, respiro hondo y vuelvo a mi mundo de gominolas y algodón de azúcar.

Por mí. Por ti. Por nosotras, y también por ellas, que ya no están.

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¡Vuestra mala favorita escribe de nuevo! Vuelve mi columna de opinión #porellas.

¿Súper woman yo? No, gracias.

Tengo cita en el dentista. Mientras espero, veo que el nivel de batería de mi teléfono ha bajado peligrosamente y resisto la tentación de abrir mi Instagram so pena de fundírmela toda y quedarme desconectada del mundo durante unas horas. Así que, con ese panorama, cojo una revista cualquiera del montón desordenado que cubre la mesa. La hojeo despreocupada y los ojos se me van hacia el anuncio de una conocida marca de depiladoras eléctricas. En él, una mujer con una piernas larguísimas y una piel “cero imperfecciones” me invita a dejar mis extremidades libres de pelos indeseados en un tiempo récord, incluso bajo el agua. 

Su lema : “La vida va muy deprisa: no dejes que el vello indeseado te frene”.

Siento una especie de desazón e inquietud. 

¿Será que tener más o menos pelambrera en mis piernas producirá un enlentecimiento de mis quehaceres diarios inversamente proporcional al tamaño y longitud de mi vello corporal?

Paso un par de páginas y me detengo en otro, esta vez el de un anticelulítico. 

“El verano es para lucir palmito y no para esconderse tras una palmera”.

Me revuelvo molesta en la silla.

¿Resulta que los hoyuelos de mis muslos no se pueden enseñar? ¿Y qué, si no tengo una figura digna de una Diosa del Olimpo?, ¿tengo que esconderme tras una palmera? 

Paso unas cuantas páginas más y mis niveles de adrenalina, cortisol y hormonas varias se disparan de golpe.

El anuncio de una clínica de estética muestra a una mujer con ropa de deporte coronada por la frase: 

 “Que lo único que pese sean tus ganas de sentirte bien”.

Empiezo a repasar mentalmente las zonas de mi cuerpo en las que los michelines han hecho acto de presencia, hasta que la voz de la recepcionista me saca de ese bucle mental por el que estaba a punto de dejarme engullir.

Soy María… Soliño. ¡Imperfecta a rabiar!

Mi hijo pequeño llega del colegio con un envoltorio en la mano. 

   —¿Qué es eso, cariño mío? 

   —Mira mamá, es una galleta que la madre de Marcos le ha hecho por su cumpleaños. Nos han dado una a cada uno. ¿A qué es muy chuli?

Observo el paquete. Es una galleta de tamaño considerable, con forma de bicicleta y recubierta de fondant de colores, envuelta en un celofán transparente y con una tarjeta coloreada y troquelada a mano, con el nombre del cumpleañero estampado. Ciertamente, es muy mona. 

  —Yo, por mi cumple, también quiero llevarle galletas a mis amigos del cole. ¡Y con forma de avioneta!  —remata, dejando el envoltorio a un lado y dando un mordisco al dulce.

Ojiplática me quedo. Su cumpleaños es en una semana y yo no tengo ni idea de hornear galletas, y mucho menos de adornarlas con florituras y detalles variados.

Vale. Un par de días antes, lo intento. 

Resultado; una bandeja llena de galletas con una forma extraña y algo chamuscadas. 

Mientras pienso en un plan B, mi amiga Susana me llama por teléfono y le cuento que voy que escribir una columna para mi blog y algunos de mis planes más inmediatos.

   —Ay! Hija, ¡de verdad! ¡No sé cómo lo haces! Eres una superwoman.

Termino la conversación y me doy cuenta de la enorme presión que soportamos las mujeres para estar bellas y estupendas siempre. Tenemos que saber hacer de todo, y además, hacerlo bien. Tenemos que ser perfectas. Que estar perfectas. Sin pelos, sin michelines y sin rastro de celulitis.

Me quedo mirando la bandeja con las galletas quemadas, observo el michelín que sobresale de mi cintura y veo varios pelos asomando en mis piernas. 

Recuerdo la revista de días atrás con todas las directrices que me daban para triunfar, encajar y ser una Top 10 y me digo: ¿Superwoman, yo? No, gracias.